El rebrote de la violencia en el paraíso de los Cedros: entre el COVID-19 y la entrada en default

12 mayo, 2020

Por. Prof. Rafael Rosell Aiquel, Rector Universidad Pedro de Valdivia, con contribución de Karen Marón, Corresponsal en Medio Oriente y África del Norte.

“Estamos profundamente preocupados por el rebrote de la violencia que ha surgido en Líbano, llevándose la vida de un manifestante y dejando decenas de civiles y agentes de las fuerzas de seguridad heridos, así como causando importantes daños y la destrucción de propiedades públicas y privadas”. Estas fueron las declaraciones de Rupert Colville, el portavoz del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, tras los disturbios registrados en los últimos días en la ciudad de Trípoli, escenario de una ola de protestas por el empeoramiento de la situación económica.
Colville, se refiere a la muerte de Fawas Fouad de 26 años, tras recibir un disparo durante una protesta en la norteña ciudad de Trípoli y cuyo cuerpo fue despedido en la plaza Al Nur, epicentro de las protestas.
Trípolí -ubicada a 85 kilómetros al norte de Beirut, tiene un sinfín de antiguos edificios, arquitectura medieval mameluca y el concurrido puerto de Al -Mina. En alguna oportunidad se planteó convertir esta ciudad en capital siendo la segunda más grande del país, pero ha sido históricamente marginada política y económicamente y de allí que la pobreza afecte al 60 por ciento de sus habitantes.
Aunque desde octubre pasado miles de personas salieron a las calles para denunciar la situación económica, social y política del país y la corrupción de los diversos partidos políticos en el poder durante décadas, la revuelta actual parece marcar una evolución hacia una forma de radicalismo.
Las banderas y carteles tenían consignas elaboradas y fueron omnipresentes en multitudes de familias con niños, pero en la actualidad, mutó hacia un grado de violencia donde son cada vez más los hombres y mujeres jóvenes que salen a la calle con piedras y cócteles molotov, utilizan gases lacrimógenos, granadas, palos de madera y otras armas.
Mientras la libra libanesa lleva dos semanas en caída libre y los precios se han disparado un 55 por ciento, casi la mitad de los 6 millones de ciudadanos se encuentran bajo el umbral de la pobreza, en la que fue considerada el París de Medio Oriente, y se comparaba a Suiza por su belleza, sus valles y su libertad bancaria. Las décadas de los sesenta y setenta fueron sus años más prósperos, lejos de guerras y golpes de Estado de los países vecinos, hasta que entre 1975 y 1990 el Estado estuvo a punto de desaparecer al quedar dividido en varios cantones y su capital, desgarrada en un sector musulmán y otro cristiano, especulándose con que podría quedar bajo control internacional.
La historia de este país que se remonta 10 mil años atrás con los fenicios -inventores del alfabeto y expertos navegantes y que sentaron las bases de un pueblo que desde los inicios de las primeras civilizaciones se mezclaron con colonos de todas partes del mundo- atraviesa en la actualidad un default, donde los bancos restringieron extracciones y transferencias en divisas con la necesidad de un plan de rescate económico sobre el cual se basará para negociar con acreedores una deuda externa superior a los 90 mil millones de dólares.
Además, la debilidad de la libra libanesa, el sobreendeudamiento- que ya consume el 40 por ciento del gasto gubernamental- la dependencia financiera de los Estados del Golfo, las restricciones en el suministro de energía y los problemas en la asistencia sanitaria y las infraestructuras, produce que los jóvenes libaneses se sienten cada vez más rehenes de la corrupción.  Las crisis en el Líbano que han existido durante décadas y que se ha ampliado constantemente, genera divisiones sociales dentro del país que se han vuelto cada vez mayores.
Es así que el primer ministro libanés, Hasan Diab, respaldó la decisión de los manifestantes de volver a las calles en medio de la pandemia del COVID-19, pero advirtió de que no sigan “jugando con fuego”- después de las actuales protestas por la depreciación de la moneda local- que desembocaron en choques con el Ejército en un país donde se registran casi un millar de contagios y una treintena de muertes.
Por ello, Diab rechazó todo tipo de violencia y advirtió de que el ataque de “intrusos” contra miembros del Ejército en Trípoli indica que existen “intenciones maliciosas para sacudir la estabilidad y seguridad” del país.
Es que Líbano ha sido un laboratorio abierto de revoluciones, sobre todo para los palestinos, para países vecinos como Siria e Irak, pero nunca ha podido engendrar su propia revolución. El obstáculo es el sistema confesional basado sobre dieciocho comunidades religiosas diferentes -musulmanas y cristianas- que si por un lado ha hecho del comunitarismo un estilo de vida, por otro fomentan identidades a veces “asesinas”, en acertada expresión del escritor Amin Maalouf, al entorpecer el espíritu colectivo nacional.

Una cuarentana que se extiende ante la protesta social

Inmerso en la pandemia del COVID-19 -el primer caso del coronavirus que se registró en el país fue en una mujer libanesa que llegó a Beirut procedente de la ciudad iraní de Qom, donde se habían registrado las primeras víctimas mortales en Irán- el presidente general libanés, Michel Aoun, extendió la cuarentena general hasta el 24 de mayo, tras una recomendación del Consejo Supremo de Defensa, días antes de la entrada del país en default.
Aunque la evaluación general es buena, si los ciudadanos no cumplen con las restricciones y medidas y se recrudecen las protestas, ello podría reflejarse negativamente en la propagación de la pandemia porque hay temor de una segunda ola.
Con más del 80 por ciento del sistema sanitario perteneciente al sector privado y sólo un hospital público, se cuenta con los medios adecuados para tratar a las víctimas del coronavirus, aunque las plazas de que dispone el sistema para casos de gravedad no llegan a las 200.
Entre una política de salud pública inexistente, las deficiencias en los sistemas de protección social y el peligro del aumento de los contagiados, dos semanas más de confinamiento- necesarios ante la devastadora pandemia- profundizan una pobreza inaudita que se empeoró con el establecimiento a mediados de marzo de la contención nacional para tratar con COVID-19. El ministro de Asuntos Sociales, Ramzi Mousharafieh, estima que el 75 por ciento de la población necesita ayuda en un país de alrededor de seis millones de personas, donde la gente retomó las calles para expresar su hartazgo ante la caída libre de la economía del país y el primer default de su historia.
El modelo de burbuja de créditos ilimitados y consumo sin producción no podía seguir hasta el infinito. Junto a este modelo económico, el país está dominado por un sistema político confesional, es decir, el poder está dividido entre los líderes de las dieciocho confesiones religiosas cristianas y musulmanas.
Cuando con la llegada de la pandemia de la COVID-19 se disminuyeron considerablemente las protestas, el banco central libanés aprovechó para volver a los juegos sucios, como manipular los precios de cambio haciendo que la gente perdiese sus ahorros.
Ya en el 2018, Líbano recibió el informe de la agencia McKenzy&Company con sugerencias para salir de la crisis económica. El informe recomendó tomar medidas para que haya pequeños negocios en la industria y servir a las grandes cadenas de valor. Lo más llamativo es que la agencia aconsejaba seriamente tomar medidas contra la corrupción.
Una corrupción que se basa en un sistema libanés particular, porque el poder no está concentrado en manos de un dirigente, sino en una clase política representada en el Parlamento y en el Gobierno que administra la cosa pública a través de pactos, componendas o “soluciones a la libanesa”, según sus respectivos intereses confesionales.

Entre refugiados, terroristas y vecinos a la ofensiva

Pero esta crisis no surge espontáneamente, siempre haya factores de larga data y algunos hechos las profundizan aún más. Cabe recordar que Líbano- con una superficie de 10.450 km²- es uno de los países que ha recibido más refugiados desde los inicios del conflicto en Siria en 2011 y que estos refugiados se encuentran entre los sectores más vulnerables y expuestos al virus, pero también a la miseria que aumenta el riesgo de contaminación y síntomas graves. El gobierno y la sociedad libanesa han pedido ayuda a una comunidad internacional casi insensible al drama de los refugiados y se hundió aún más en la crisis.
Pero esta joya de Medio Oriente -además de la corrupción interna y la debacle económica- se ha visto amenazada de forma colateral durante los últimos nueve años por el conflicto en la vecina Siria y en un ciclo constante donde dirimen desde hace decenios, conflictos que no le son propios.
Además de la crisis humanitaria que implica sostener a millones de refugiados sirios en todos los aspectos humanos, viven en su territorio 175 mil refugiados palestinos asentados en esta tierra tras haber sido expulsados de la propia en 1948, existe una amenaza permanente de grupos wahabitas- como sucede con el Frente Al Nusra y el DAESH, expulsados masivamente del territorio en la denominada Batalla de Arsal en 2017.
Por otra parte, la influencia de Arabia Saudita e Irán y su histórica rivalidad, amenazan con desestabilizar la región con Líbano en el punto de mira, teniendo en cuenta el poder de Hezbola (Partido de Dios), una organización creada, financiada y direccionada con objetivos diversos por Irán, con un brazo político y representación en el Parlamento y otro primigenio como es  el militar. Un tema que no es menor para Líbano ya que Hezboallah está incluido en la lista de terroristas por algunos estados, prohibidas sus actividades en Alemania y acusado de operar un “estado dentro de un estado”: su brazo armado es más poderoso que el Ejército libanés y lidera un bloque que domina el gabinete y con la maximización de su poder al involucrarse en las guerras en Siria e Irak.
Estos vectores y su frontera al sur con Israel, lo sitúan en un margen de vulnerabilidad mayor.
Estos hechos, más toda la historia y sus concomitantes, convirtió a Líbano en un país muy vulnerable, pero con gran espíritu de resiliencia y que como el cedro no se pudre. Por ello lo llaman el Ave Fénix del Mediterráneo, esperemos que nuevamente lo pueda demostrar.